Opinión: Alan García, como lo ví yo – por Eugenio D’Medina Lora

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Imagino que cada quien tiene su propio “Alan García” que recordar. Y es que un personaje tan avasallador, de esos que nacen a ritmo de cuentagotas en la historia de los países, es imposible abarcarlo desde una sola mirada o perspectiva. He preferido esperar varias horas, muchas horas, más de dos días completos en realidad, para que asienten las emociones, siquiera en algo. Y a partir de ese espacio de relativa tranquilidad, escribir unas reflexiones serenas respecto de Alan García. Al menos, como lo vi yo.

Sé que la inmensa mayoría de amigos con los que crecí desde niño y joven, no estarán de acuerdo conmigo. Pero ya me conocen. Tengo que fijar posición. Mi posición. Disculpen, quise ser breve, pero no pude. En verdad, solo lo posteo porque tengo que sacar esto completo. Mi columna de mañana sábado será más corta. No tienen que leerlo.

García fue un político eximio. El mejor de su generación y de por lo menos, las tres siguientes. Nadie lo igualó, aunque muchos hombres pequeños lo envidiaron de toda la vida. De hecho, se colgaron de su saco para hacerse famosos. Pero era inevitable: una personalidad descollante como la suya tenía que provocar ese efecto de tornasol, cual prueba ácida de la talla y la chatura espiritual de cada quien.

Fui de los que voté por él en 1985, en lo que fue mi primera votación presidencial. Los más jóvenes no pueden tener idea de lo que fue esa elección. García barrió. La derecha, en la que me ubicaba yo, estaba totalmente desprestigiada por el pésimo gobierno de 1980-1985. La izquierda campeaba, en su versión de la poderosa Izquierda Unida como en la del sanguinario Sendero Luminoso. Alan ya era figura política para entonces. La década del 80 lo vio nacer como figura fulgurante desde el Parlamento, aunque antes con 28 años había sido miembro de la Asamblea Constituyente que dio a luz la Constitución de 1979. Recuerdo sus debates con Manuel Ulloa desde la bancada de oposición en los tempranos ochenta. Figurón, como dije.

Tal fue la impronta ganadora de Alan García en 1985, que un muy caballeroso Alfonso Barrantes, candidato de la Izquierda Unida, declinó de participar en una segunda vuelta contra él, ahorrándole así no solo dinero sino el desgaste de una convulsión política prolongada, en momentos en que la república atravesaba sus horas más aciagas por acción de la insania terrorista de izquierda.

Mi ilusión de joven por el nuevo líder se fue diluyendo conforme García optaba por acercarse más y más al programa socialista inspirado en el velascato, disfrazado esta vez de “heterodoxia económica”. El resultado lo conocemos todos: el desastre económico más terrible de la historia del Perú y el descalabro institucional más severo. Y aunque tuvo el acierto de abrir el camino a la demanda por los derechos del mar en la frontera sur del Perú que casi tres décadas después se coronarían en La Haya y en el reconocimiento de los nuevos límites marítimos con Chile, lo demás fue una tragedia nacional.

Estuve entonces entre los que detestaban a García hacia 1990, azuzado por la campaña de la coalición de derecha encabezada por los liberales que el propio Alan se encargó de desinflar. No nos acordamos, pero esos fueron días también de fiereza y enconos descalificadores de todas direcciones. Como resultado de ese contraataque, el APRA logró bloquear el paso de la derecha jugando a la carta de un desconocido por entonces Alberto Fujimori. Pero además, consiguió un impresionante tercer lugar con nada menos que un 22.5% que hoy cualquier partido quisiera tener. Y luego de un nefasto final de gobierno. ¿Qué lo hizo posible? Sólo el empuje de Alan García.

El exilio de casi una década le sirvió de mucho. Su vivencia europea y su contacto con la fila de vanguardia de la globalización le abrieron los ojos a su tremendo error de haber gobernado mirando al socialismo. Siendo un ávido lector, debe haber tomado contacto con varios autores liberales y con las experiencias de los países exitosos en economía. Su interés por la economía asiática, por ejemplo, es evidente, y lo dejó plasmado en su obra académica. Para mí es muy claro todo esto cuando se leen sus tres artículos sobre “El síndrome del perro del hortelano” que publicara entre octubre de 2007 y marzo de 2008, ya en el ejercicio de su segundo gobierno. Imagino que se debe haber repetido una y otra vez que quería otra oportunidad, que ahora sabía cómo hacerlo bien.

Pero como Alan había nacido con buena estrella, pudo reinventarse y los astros se alinearon para que tuviera esa segunda oportunidad. Si bien ya en 2001 había hecho su rentrée a la política peruana que selló con su célebre discurso del 27 de enero en la Plaza San Martín, fue en 2006 que ganó una elección presidencial por segunda vez. Por esos tiempos, García se convertía en el dique de contención del chavismo poderoso que tenía en Ollanta Humala a su lugarteniente en Perú. Eran tiempos en que Hugo Chávez estaba en su plenitud al igual que el precio del petróleo venezolano que le permitía comprar gobiernos enteros. Cuando años después Humala asumió la presidencia, ya el chavismo andaba de capa caída y por eso pudo ser envuelto por el padrinazgo de Vargas Llosa y Toledo, que lo mediatizaron notablemente. Pero en el año 2006, hubiese sido imposible de no ser porque Alan García le ganó esa elección.

Ese segundo gobierno le valió la reivindicación. Fue el mejor gobierno de lo que va del siglo XXI. Sus detractores dicen que gobernó con precios internacionales especialmente altos de los commodities, pero omiten dos elementos sustanciales. Primero, que sin una política liberal, no aprovechaba, como se hizo, ese momento. Y segundo, que esa misma política, le permitió sostener buenos resultados a pesar del crack del 2008, que fue la peor crisis del sistema económico y financiero mundial desde 1929. García pudo entregar así al final de su gobierno las mejores cifras, muy alejadas de los pésimos números del final de su primer gobierno.

Por desgracia para él, el nacionalismo humalista y las izquierda abroqueladas a su alrededor, tanto la radical como la poderosa izquierda caviar, se la tenían jurada. Hay que decirlo: la izquierda jamás le perdonó lo de El Frontón. Y utilizaron todo el gobierno de Humala para demolerlo. Es historia reciente y todos pueden recordarla, por lo que no vale la pena reseñarla. Luego lo que vino con Kuczynski, pero especialmente con Vizcarra, que se siguió revistiendo de caviar, terminó el trabajo. Con ello, sacaron del camino a los dos máximos líderes de la oposición a un régimen que corona la primera década perdida del siglo XXI para el Perú con un gobierno muy malo.

No creo que la muerte ni la edad santifican a nadie. Pero olvidamos que los políticos no tienen que ser santos. De hecho, siendo sinceros, la política no es terreno para encontrar la santidad. Me pregunto si las iglesias o las religiones, lo son. Sin embargo, ese es otro tema. Ciñéndonos estrictamente a los hechos, hay que notar primero que Alan García fue el peruano más investigado en toda la historia del país. Por más de tres décadas. Solamente otros dos peruanos se le acercan: Alberto Fujimori y Keiko Fujimori. Pero Alan, sin duda, fue al que más escudriñaron, tanto desde el Poder Judicial y el Congreso, como de la prensa. Y salió airoso de toda investigación. No es mi vocación ni me cabe entregar bendiciones a nadie. Sólo señalo hechos.

Siempre he dicho que la corrupción debe combatirse. Y que deben caer los que deban caer, sin reparar en el nombre y el apellido. Quiero creer que todos los peruanos coincidimos con ello. Me ratifico en ello. Pero cuando veo el manejo antojadizo de las instituciones judiciales y de la ley y además, persecuciones judiciales de años y décadas, objetivamente no puedo evitar pensar que los propósitos no son la lucha contra la corrupción sino la destrucción política del adversario. Y eso, está sucediendo en el Perú. Este es otro hecho ineludible. Por eso es que vemos cómo algunos pasan piola, tranquilos, coincidentemente, los que tienen “buenos amigos” dentro de un establishment que ha configurado la “mafia del siglo XXI” en distintos estamentos de la sociedad y el Estado peruanos. Eso sí, la muerte de García y su carta final pone en delicada posición a quienes lo investigan. Porque si no llegan a probar, sin duda alguna, algo contra García, con algo realmente contundente, van a quedar manchados de por vida, mientras que el ex Presidente alcanzará la gloria. Las cartas están echadas.

Más allá de estas especulaciones, lo concreto es que el repaso de la vida política de García lo colocan como el más talentoso político de, por lo menos, los últimos cuarenta años. Con su muerte, Alan García ya no está en la escala de comparación con Toledo o Kuczynski, sino en la liga de Leguía, Belaúnde Terry o Bustamante y Rivero. También con su muerte Alan García se convierte no en la segunda, sino en la otra figura icónica del APRA. A la par de Víctor Raúl Haya de la Torre, inmortalizándose como el único aprista que condujo al partido de la estrella hacia Palacio de Gobierno. De nuevo, estos son hechos y solo hechos.

No puedo incorporar a García el rótulo del mejor presidente del Perú porque su primer gobierno fue desastroso especialmente en lo económico. También es cierto que su política económica se alineó equivocadamente a los estertores del paradigma keynesiano que primaba en el mundo y que justamente en los ochenta empezó a derrumbarse. Y aunque no guste a muchos lo que repetiré ahora – porque lo he dicho en alguna conferencia frente a un público aprista – pienso que Alan García gobernó la primera vez con “El antimperialismo y el APRA” en la cabeza, mientras que la segunda lo hizo con “El perro del hortelano” en mente. Y por eso, en el segundo gobierno pudo reivindicar en algo su primera apuesta gubernamental con un muy correcto mandato. Una vez más, me remito a los fríos hechos.

Un hecho adicional quiero consignar, a propósito de lo último mencionado. A los muchos enemigos y adversarios – porque tuvo de los dos – de García, se sumaron algunos apristas que se sintieron desplazados por el “Alan post exilio” y que en su segundo gobierno, simplemente, quedaron fuera del radar. Unos lo odiaban porque querían que siguiera aferrado al aprismo de los años 20 y 30 del siglo pasado. Otros lo detestaban porque no habían podido ascender en la escala partidaria. Me consta. Los he visto coqueteándole al propio Ollanta Humala cuando competía contra García o pugnando por separar sitio en las listas de inscripción electoral – algunos les llaman “partidos políticos” – de acentuado tinte caviar. De nuevo, hechos son. Por ahí los vamos a ver quizá regresando por Alfonso Ugarte aprovechando el envión emocional.

Finalmente, otro hecho que no quiero dejar pasar, y que en lo personal me suscita especial reconocimiento, es el hecho de que Alan García ha sido el único presidente preocupado en dejar un legado académico. Lo hizo no solo en su prolífica obra escrita, sino en la fundación del Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la Universidad de San Martín de Porres. Institución de la que fue su director, fue su obra maestra fuera del gobierno, en el sector privado. ¿Por qué? Porque entendió la importancia de la formación profesional para manejar el sector público y la necesidad de cuadros de refuerzo al aparato gubernamental.

Para ello, y me consta de primera mano, García se involucró personalmente en su funcionamiento y cuidó que existiera una verdadera pluralidad en la cátedra. Así atrajo profesionales de absolutamente todo el espectro político, desde la izquierda hasta la derecha. Debo decir incluso que he visto ahí poquísimos apristas. De hecho, solo puedo recordar a uno que fue ex ministro de su segundo gobierno y que incluso, ya no está desde hace un par de años. Siempre repetí que era un lujo que una escuela de política tuviera a alguien dos veces ex Presidente de director, algo similar a que una escuela de negocio tuviera a un empresario de la talla de Dionisio Romero de director. Como para que se entienda de qué hablo.

Pero para García no quedaba ahí su vivencia académica en el Instituto de Gobierno. Disfrutaba como el que más la organización de eventos en los que reunía en la Sala Basadre, a profesionales de distintas tendencias políticas a debatir y discutir temas de coyuntura nacional. Y siempre en mesas multi-ideológicas y a sala llena, con gente que se quedaba afuera. Alguna vez me cupo el honor de participar de ponente en alguna de ellas. Y puedo afirmar, de primera mano, como muchos de sus encarnizados críticos de antaño fueron invitados a esas mesas y saludaban a García con el título del respetuoso “señor Presidente”. Alan García gustaba de hacer de moderador, pero su palabra en el encabezado de las conferencias y en el cierre final, sin duda, era lo más esperado. Saliendo de esos eventos, era común el coctel en el patio, y Alan “capturado” por la marea de periodistas.

Todos estos son hechos. Como lo es el hecho de que, como ya dije, no creo en la santificación por muerte. Si Alan García prefirió la muerte a la cárcel porque esta vez sí, después de más de treinta años, lo tenían cercado judicialmente, no lo sé. Juro por Dios que quisiera algún día saberlo. Por lo menos, de su última carta, se desprende que temía del manejo de los procesos judiciales en un país como el Perú donde todo se puede acomodar y reacomodar judicialmente cuando existe el poder político o económico para hacerlo.

De comprobarse eso, con pruebas realmente contundentes, inapelables, no simples señalamientos ni presunciones ni construcciones jurídicas antojadizas como autorías mediatas y demás leguleyadas, sin duda su imagen tendría un baldón. Aunque si fuera el caso, habría que ver en cuanto rebajaría su legado y su impronta en todos sus años de vida política. Al fin y al cabo, a un político se le evalúa y se le juzga históricamente por sus grandes trazas y por toda una vida. No por lo que se va diluyendo en aquello que, con el paso de los años, el tiempo convierte en letra pequeña.

Más allá de sus luces y de sus sombras, siento mucho, en lo personal, la muerte de Alan García. De alguna manera, los últimos cuatro años me hicieron algo cercano a él, por el hecho de ser Director del Instituto de Gobierno y de Gestión Pública de la USMP, institución donde estudié mi doctorado y donde dicto clase desde el año 2015. Aunque no compartimos reuniones de amigos, el ex Presidente tuvo hacia mí gestos de aprecio, como cuando alguna vez entró de súbito a una de mis clases en el Instituto de Gobierno a hacer un comentario con la sonrisa en ristre porque me había escuchado decir algo, o como cuando me mencionaba en alguna ceremonia académica. Siempre que me veía, hacía el esfuerzo de volverse hacia mí y estrecharme la mano, siempre sonriente. Alguna vez le escuché que no le daba la mano a cualquiera. Por eso tomé ese gesto reiterativo, como un honor.

Guardo también como recuerdo de Alan García los correos electrónicos que intercambiamos desde noviembre de 2015 a enero de 2019. Ahora se convirtieron en un tesoro personal. Pero guardo especialmente su último saludo navideño, donde me dijo textualmente lo siguiente: “Querido don Eugenio: Como dijo Gandhi, en la historia muchas veces el mal parece haber triunfado, pero siembre se abren paso el bien y la verdad. Es el momento de la turba ignara pero como antes ocurrió, ira al precipicio como la piara de cerdos con el alma de los endemoniados en el evangelio. Un afectuoso abrazo y feliz Navidad. AG”. Hoy me suenan especialmente fuertes e intensas esas palabras. Más que premonitorias, comprometedoras palabras para quienes nos quedamos aquí.

Eso es todo. No tuve más contacto con él, como sí lo tuvieron otros. No estuve entre sus admiradores de primera fila tampoco, aunque sí en la primera fila de los que lo aprendimos a respetar y a valorar como político audaz. Nunca me trató de tu. Su distinción se lo impedía, aun cuando podría haberlo hecho sin que sorprendiera absolutamente a nadie. Ese era el Alan García que me tocó conocer.

Siento su partida por todo esto. Pero también, porque considero a Alan García, junto a Alberto Fujimori, los dos hombres sobre los que giraron los últimos treinta y cinco años de la historia política del Perú. Guste o no guste, objetivamente es así.

Han pasado las horas y sigo pensando que no fue su mejor decisión la de quitarse la vida. Dejó abierto demasiado espacio para la elaboración de la especulación como para la construcción del mito. Pero para él, lo fue. Y nadie puede saber qué pasaba por su cabeza cuando tomó tan dramática, extrema y personal decisión.

Por desgracia, con Alan García se va un referente total, una de las voces más sabias que nos cobijaban en este andar de construcción de nación, Estado y sociedad. Muchas veces podía yo estar en desacuerdo con él, incluso en años recientes, pero siempre era importante escucharlo. Ahora se ha acallado su voz. En una época de grises, donde no se vislumbra una personalidad de su estirpe y clase en la política peruana, habrá que acostumbrarse a seguir el camino con lo que tenemos a mano y tratar de elevarnos por encima de la opacidad de estos tiempos, de aquélla a la que nos ha llevado el espejismo de intelectualidad de las redes sociales y una prensa cada vez más acurrucada en su propia pequeñez.

Correrán ríos de tinta y pasarán horas de micrófonos y televisión para hablar de García. Pero por ahora, es todo cuanto puedo decir. Lo que sí tengo claro, en medio de tanta confusión de emociones de todo un país, es que no es un final, sino un nuevo comienzo. Acaso el propio Alan quiso precisamente eso, aplicarle con su muerte una reseteada al país para reiniciarlo de nuevo. El tiempo lo dirá.

* Eugenio D’Medina Lora es Economista graduado en Ciencias Sociales en la Pontificia Universidad Católica del Perú, MBA en la Universidad de Quebec en Montreal de Canadá y posgraduado en finanzas y proyectos de inversión en la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Instituto Tecnológico de Monterrey de México. Especialista en alianzas público-privadas (PPP), gobernanza descentralizada y economía empresarial.

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